Autor: Juan Sebastián Duque Roldán
“Las personas jóvenes somos la gasolina de la revolución y de la lucha” resaltaba una jóven palestina que participó en el IV foro Youth Act, espacio que reunió a jóvenes de diversos territorios en la ciudad de Barcelona del 2 al 6 de febrero de este año para hablar de la crisis ambiental global y para compartir estrategias organizativas y sociales de resistencia frente a esta. A este encuentro asistimos desde CICrA Justicia Ambiental para facilitar algunos espacios y para escuchar y aprender de las experiencias de los y las jóvenes participantes. Para nadie es un secreto que asistimos a un momento de crisis ambiental a nivel mundial: la crisis climática dejó de ser una preocupación del futuro para ser una realidad del presente, los niveles del mar han ido subiendo, poniendo en riesgo a comunidades costeras, el agua es un bien cada vez más escaso y su disponibilidad es cada vez menos previsible, y a esto se le suma la pérdida de biodiversidad que ocurre en distintas latitudes. Aunque la crisis climática y ambiental nos afecta a todas, no nos afecta de la misma manera. Las diferencias sociales inciden en la forma en que tanto individual como social o comunitariamente respondemos a estas. Por ello, nos preguntamos ¿afecta la crisis climática de manera diferente a la población juvenil? y, ¿cómo puede responder la juventud frente a esto?, o mejor dicho, ¿cuál es el papel de las personas jóvenes en el activismo climático y ambiental?
¿Cómo afecta la crisis ambiental global a las juventudes?
Ante un escenario climático y ambiental desolador se ha comenzado a documentar casos de lo que se considera ecoansiedad o ansiedad climática, definida por Irene Baños como un conjunto de emociones que se desarrolla en una persona al tomar conciencia de la magnitud de los impactos presentes y futuros de la crisis ambiental o climática. Entre esos sentimientos se encuentran la tristeza, la angustia, el miedo, la impotencia o la rabia. De todas maneras, aún no se cuenta con una definición estandarizada de esta patología a nivel internacional.
Si bien la ecoansiedad puede afectar a personas de cualquier edad, esta ha ido creciendo en la población juvenil. Según la Asociación Americana de Psicología (APA), en una encuesta realizada a 10.000 jóvenes entre los 16 a 24 años de 10 países diferentes, el 59% manifestaba una preocupación extrema frente al cambio climático con sentimientos de ira, tristeza, miedo o impotencia que les afectaba en su sueño, apetito o desempeño en sus estudios o trabajo.A estas consecuencias psicológicas o psicosociales, se le añaden las consecuencias socioeconómicas de la crisis climática. De acuerdo con Naciones Unidas, el 70% de la población trabajadora está expuesta al calor excesivo, lo cual no solamente causa bajos índices en la productividad, sino que les expone a riesgos de sufrir heridas relacionadas con el calor, e incluso la muerte. Esto cobra una especial gravedad con las juventudes si se tiene en cuenta que son la población más precarizada laboralmente.
A nivel mundial, el 13% de la población juvenil está en situación de desempleo (frente al 4,9% de índice de desempleo en la población global), de acuerdo con estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para el año 2024. De igual manera, las condiciones laborales de las juventudes varían considerablemente dependiendo de las regiones; en países de ingreso bajo una de cada cinco personas jóvenes puede acceder a un trabajo remunerado seguro, mientras que en los de ingreso alto, el 76% de la población juvenil pueden acceder a un trabajo con estas características.
Por otro lado, el calentamiento global incide negativamente en la educación. De acuerdo con la ONU, en el 2024 muchas escuelas tuvieron que cerrar debido al extremo calor en regiones de Asia y del Norte de África, dejando a millones de niñas y niños sin educación. Además, las altas temperaturas afectan considerablemente el desempeño académico, lo cual redunda en poblaciones con ingresos bajos y por supuesto, en las juventudes.
A estos efectos sociales, se les suma la susceptibilidad que tienen las personas jóvenes y las comunidades a sufrir de fenómenos meteorológicos relacionados con el cambio climático, como sequías, inundaciones, erosiones o aumento en el nivel del mar, entre otras. Todas estas consecuencias de la crisis ambiental (tanto las socioeconómicas como ambientales) pueden desencadenar diferentes tipos de movilidades, que pueden ser tanto temporales como permanentes. Aunque se carece de datos oficiales, se estima que una gran parte de estas personas que se desplazan por motivos ambientales, son personas jóvenes.
En un informe hecho por CICrA titulado (Im)mobilitats i degradació ambiental al Senegal: joventut, responsabilitats i resistències!, se reflejaba que en este país del África Occidental ocurrieron alrededor de 253.000 desplazamientos internos relacionados con desastres vinculados con amenazas naturales entre los años 2008 y 2023. Además, se encontró que el perfil migratorio de la población senegalesa en la ciudad de Barcelona son mayoritariamente hombres jóvenes con oportunidades laborales limitadas y mujeres jóvenes que migran por estudios o reagrupación familiar.
La población juvenil es más susceptible a movilizarse de sus territorios de origen en busca de oportunidades para mejorar sus condiciones materiales de vida. En muchas ocasiones la crisis ambiental se interrelaciona con otros factores como la violencia, los conflictos armados, el extractivismo o la inestabilidad política como las causas de estas movilidades. Además, también hay que tener en cuenta que las crisis ambientales cada vez más inciden en situaciones de inmovilidad, en las que las personas afectadas no pueden o no quieren desplazarse de sus territorios.
¿Cuál es el papel de la juventud en el activismo ambiental?
A partir del esbozo anterior, es pertinente pensar cómo pueden las juventudes aportar en la lucha frente a estas crisis, así como defender sus territorios. De acuerdo con el Informe Juventud en España 2024 del Instituto de la Juventud (INJUVE), a pesar de que la juventud española está de acuerdo con el concepto de democracia, entre el 38% y el 46% tiene una opinión crítica del funcionamiento de ésta. Asimismo, se observaba que hay una disminución en la confianza en instituciones como el Congreso, la Corona o los partidos políticos.
En contraste con lo anterior, el 55% de la juventud española manifestó tener interés en la política, prefiriendo formas de activismo político diferentes de las tradicionales. Además del ejercicio del voto, las personas jóvenes manifestaban interés en participar en actividades como huelgas, manifestaciones autorizadas o, comprar o dejar de comprar productos por motivos políticos, éticos o ambientales. De igual manera, se destacaron actividades por medios digitales, como la firma de peticiones en línea o la participación en foros de discusión.
Lo anterior demuestra que, frente a la desconfianza en las instituciones y formas de organización tradicionales, las juventudes están buscando y desarrollando nuevas formas de realizar incidencia política. Las personas jóvenes pueden aportar estas formas de participación política al activismo ambiental para renovar e innovar en las formas de organización, de participación y de hacer incidencia. Esto le puede permitir a las organizaciones que se dedican al activismo ambiental tener incidencia y sensibilizar a generaciones más jóvenes.
Sumado a lo anterior, la presencia de jóvenes en organizaciones permite impulsar el debate intergeneracional. Pero para ello, es necesario que se valoren sus experiencias vitales, emocionalidades políticas y conocimientos, y además, que sus voces influyan en la toma de decisiones. En ese sentido, es necesario que a nivel organizativo se supere el adultocentrismo y la idea de que las juventudes no son aptas para asumir el liderazgo de los procesos. Además, esto también requiere que las entidades estén abiertas a nuevas formas de deliberación democrática, de organización estructural y de hacer incidencia social y política.
Por otro lado, la vinculación efectiva de las juventudes en procesos organizativos permite construir comunidad y tejer redes de apoyo con personas de diferentes edades y contextos. Así, se puede entender que sentimientos como la ecoansiedad no son un trastorno individual, sino una respuesta colectiva a la injusticia social y ambiental. Esto nos interpela para superar el individualismo en favor de lo comunitario como una manera de generar resiliencia colectiva y de afrontar la desesperanza frente a un mundo afectado por una multitud de crisis.
Es importante destacar que las juventudes no son indolentes ni están alienadas frente a las crisis sociales, políticas o ambientales, sino que hay un sentimiento generalizado de desconfianza de las instituciones y formas de organización tradicionales, así como de que sus voces no tienen incidencia real en la toma de decisiones. Por otro lado, y a manera de reflexión, siempre se ha insistido que las personas jóvenes son el futuro de la sociedad, y por lo tanto parece ser que deberán hacerse cargo de los problemas de ese futuro. Sin embargo, el colapso ambiental es un fenómeno del presente y que está afectando a toda la población desde las infancias hasta la tercera edad. Por ende, es importante buscar formas de implicar efectivamente a personas de diferentes generaciones en el activismo social y ambiental, incluyendo a las juventudes porque son parte de este presente.



